EL PACIFICADOR, la ironía del heroísmo americano / Análisis CON SPOILERS

 De forma un tanto discreta, acaba de estrenarse en HBO Max la que será la primera de tantas series que formarán parte del DCEU, el Universo Extendido de DC. Aún no tenemos del todo claro qué es exactamente el DCEU, qué productos se quedan fuera y cuáles no, tampoco qué nos deparará el futuro, pero no estamos aquí para hablar de este polémico tema.

Hemos venido a hablar del **** Pacificador.


“EAT PEACE, MOTHER****ER!”

El Escuadrón Suicida tal vez no fuera un gran éxito económico, pero marcó un antes y un después para la concepción de las películas del DCEU. Supuso un nuevo estilo, un característico tono irónico, irreverente y gamberro que, al parecer, debió tener un gran éxito entre los ejecutivos de Warner. Hasta el punto de que, a pesar de los resultados de la película, se han dado luz verde a varios spin-off. Esta serie fue anunciada antes incluso del debut de la película, con el talentoso James Gunn de nuevo a la cabeza y el mismo espíritu políticamente incorrecto por bandera. 

La diferencia es que, esta vez, todo el peso está sobre los hombros de John Cena, o sea, Christopher Smith, mejor conocido como el Pacificador. Nadie apostaba por este actor (que hasta hace poco ni siquiera podía considerarse como tal), pero sorprendió a todos por su brutal papel en la película, donde hacía gala de una moral más que cuestionable y, sobre todo, variable. Esto se explora de forma magistral a lo largo de los tres primeros episodios de la serie, donde tenemos tiempo de conocer mejor a este antihéroe trastornado, hasta el punto de que el espectador logre conectar con su fracaso y tormento. Recordemos que fue este tipo quien acabó con la vida del coronel Rick Flag, tan querido por tantos, pero nos ha dado motivos de sobra para empezar a perdonarlo. 

Del cómic al cine y la televisión.

Pero vamos a lo que vamos: si por algo destacó El Escuadrón Suicida fue por demostrarnos que, más allá de toda esa sangre y palabrotas, había un mensaje que dar al mundo. Toda la película es una metáfora del colonialismo estadounidense, de cómo el gobierno de la primera potencia mundial ha intervenido desde hace siglos en la economía y política de naciones latinoamericanas, estableciendo regímenes fascistas con el único propósito de sacar tajada. En este contexto tenemos tres personajes simbólicos clave: el Pensador, representación de la nula ética del intervencionismo; Amanda Waller, como la indiferencia de las agencias paragubernamentales; y el Pacificador, quizá el más interesante y quien no deja de ser una metáfora de cómo gente de a pie se involucra desde el desconocimiento y el patriotismo infundado en asuntos que los sobrepasan, ofreciéndose a luchar por una promesa de libertad sin más valor que el que ellos mismos se han impuesto. 

Por supuesto, esta idea se lleva al extremo en la serie protagonizada por este peculiar personaje. Desde el primer momento se nos muestra toda esta ironía del héroe americano que Estados Unidos nos ha vendido en sus películas desde hace décadas. Su patriotismo es una constante burla, se lleva al extremo y se ridiculiza. Si hasta tiene un águila calva, símbolo de la libertad, a la que llama Eagly. No dista mucho de todos esos héroes de acción que durante años han encarnado Arnold Schwarzenegger o Sylvester Stallone, pero con una diferencia: ya no hay bandas sonoras imponentes cada vez que llevan a cabo una proeza ni planos que demuestren por qué han de ser admirados. En su lugar, el apartado técnico de la serie se empeña en recalcar por qué este tipo es tan mal ejemplo y nos demuestra que la frase “justicia, libertad y estilo de vida americano” es una mentira como un castillo. 


Por esto la comedia es más que simplemente eso.

Todo hay que decir que, para convertirse en esta suerte de crítica social y cultural a Estados Unidos, la serie sacrifica bastantes aspectos de los cómics. Es lógico hacerlo, pues ninguno de los personajes implicados ha sido nunca de primera fila, ni cosechan una gran liga de admiradores, aunque siempre hay alguien que puede sentirse mosqueado por encontrar algo distinto a lo que está acostumbrado. No hay más que ver lo que ya hizo Gunn con Guardianes de la Galaxia, donde convirtió al príncipe supersoldado Star-Lord en un mercenario funky; al frío y sanguinario Drax el Destructor en un recurso cómico y a la poderosa Vengadora Mantis en un secundario risible de escasa relevancia. El Pacificador hace lo propio con diversos personajes como Vigilante, otrora un antihéroe callejero de pocas palabras y ahora un alivio de prolífica lengua, que funciona como el sidekick del Pacificador y también su lado más despiadado. Cierto es que no dice una sola frase sin escupir algún chiste idiota, pero además hemos visto cómo no tiene reparo en apretar el gatillo. Él mismo se considera un asesino letal, diferente a todos los que plagan las cárceles solo por la clase de personas a quienes liquida. Pero el hecho de que no tema destruir las vidas de niños inocentes parece haber trastocado algo en la mente de Christopher Smith, que quizá nos sorprenda con una inesperada evolución. 

El Pacificador es culpable de mucho de lo que ocurre, de la violencia que ha inculcado a otros y el icono racista en que se ha convertido. Sin embargo, una vez más, la serie no se queda simplemente ahí y decide mostrarnos que todo tiene un porqué. Nuestros actos tienen siempre consecuencias, pero el motivo para hacer lo que hacemos no es inherente a nosotros: tiene su origen en el pasado. Hablo, en este caso, del padre de Smith, a quien hemos conocido en el primer episodio y, más allá de darnos algunos momentos tronchantes, sirve para demostrarnos lo que Bloodsport y Ratonera ya nos dejaron ver en la película original: la educación que se nos da definirá toda nuestra vida. En este caso, nuestro protagonista no ha tenido mucha suerte al haber sido criado por un peligroso y letal hombre de acción que, por si no fuera poco, demuestra ser un supremacista (el Dragón Blanco, personaje completamente distinto a su contraparte de las viñetas) con un pasado misterioso. Podría pensarse que demasiado adecuado ha salido el Pacificador si lo comparamos con su padre, que, por lo poco que sabemos, es de todo menos trigo limpio, y desde luego no podemos culparlo por aquello en lo que lo convirtió contra su voluntad infantil. Es lo interesante de la serie: unos se quedarán con los chistes obscenos, otros con toda la sangre derramada, pero, entre esos momentos, nos están dando valiosos y críticos mensajes que han de ser tenidos en cuenta.

En resumidas cuentas, los tres primeros episodios de El Pacificador demuestran el potencial de una serie que no ha hecho más que arrancar y que promete darnos momentos para reír y llorar. No voy a hablar de las múltiples referencias al DCEU, ni de todos los posibles horizontes que abre a futuro, pero James Gunn es un valioso activo dentro de la compañía y nos demuestra que el Universo aún tiene mucha tela que cortar. Así que seguiremos expectantes, dispuestos a ver qué más tiene que ofrecernos este pintoresco antihéroe, tan acorde a los complicados tiempos que vivimos. Al fin y al cabo, como se dice en los tráilers...

“El mundo no necesita un héroe. Necesita un hijo de ****”.

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