La era del Cronoemperador / RELATO


La Cruz saltó tan atrás como fue posible, a los albores de la humanidad. Era la primera vez que lograba penetrar en un pasado tan remoto, cosa que parecía incluso desafiar toda ley establecida por sus predecesores. Ninguno de ellos, tan ambiciosos y prepotentes, había logrado ir más allá de los tiempos de las pirámides y las primeras civilizaciones, cuando el río Tigris era sinónimo de toda vida humana. 

Ahora, contemplando un mundo de prodigios y terrores ancestrales desde la cúpula superior de la Cruz, Astares Revánchez deseaba que todos los que lo antecedieron pudieran volver a la vida para ver su logro. Era una pena que no le hubiera perdonado la vida a ninguno. 

—Que se descubran los paneles —ordenó Astares con su imperativa voz. La nave, siempre fiel a las órdenes del Cronoemperador, obedeció—. Quiero que toda forma de vida racional contemple las maravillas del mañana. Que sueñen con su devenir, que nazca una cultura en base a mi poder, que cale en la historia de toda la humanidad. Permíteme, Cruz, trascender. 

Y Morella, la inteligencia artificial de la colosal nave espacial y temporal, siempre a su servicio, pronunció: 

Así sea, mi Cronoemperador. Trascenderá. 

De este modo, la Cruz, que se mantenía en quietud a cien metros sobre la superficie terrestre, retiró los paneles de invisibilidad y se reveló en su totalidad. Tenía una eslora de al menos mil metros, y un crucero no mucho menor que, por su majestuosidad, incluso le daba nombre. Aunque no hubiera formas de vida inteligentes en las proximidades, alguien tendría que verla desde algún punto remoto. Era imposible que aquel armatoste fuera del tiempo pudiera pasar desapercibido, ni siquiera en un tiempo de chozas y monolitos. 

—Que el Clonacronos se active —volvió a ordenar Astares, férreamente sujeto a la baranda de la cúpula. Admirar aquel remoto paraje lo llenaba por completo—. El dispositivo cuenta con suficiente ADN como para volver a crear una réplica orgánica de mi ser, ergo no harán falta más extracciones. Adelante, dulce Morella, que surja la vida una vez más. 

Así sea, mi Cronoemperador. Los sistemas de clonación y síntesis ambiental están preparados. Marchando la réplica I-T de su maestría. 

La velocidad con la que el Clonacronos trabajaba era inaudita, pues no por nada se trataba del dispositivo más avanzado de su clase. Había llevado a su inventor, el vanagloriado Az Intervallus, a obtener todos los premios científicos de mayor prestigio de su tiempo. Sin embargo, por azares del destino, la patente del aparato había acabado en manos del misma Cronoemperador. De Az no podía contarse mucho más, pues había aparecido sin vida en la bañera de su apartamento. 

Una vez más, Astares Revánchez no había mirado atrás. Al menos no en ese sentido. 

El Clonacronos tuvo listo al sujeto en menos de quince minutos, un simple pestañeo para el eterno Cronoemperador. Así pues, ordenó sin más dilación que se lo liberara para el proceso de aclimatación. Lo había estudiado durante semanas y, si sus cálculos no erraban, sería un éxito instantáneo. Confiaba plenamente en sus capacidades deductivas (que siguiera vivo era plena prueba de su eficacia), así que ni siquiera le tembló el pulso al presionar el botón de eyección. 

Entonces, entre las altas montañas de la cálida región, en el interior de un valle atestado de fértiles lagunas, el sujeto I-T, la más temprana réplica jamás creada en la Cruz, fue liberada. El tubo de flujo lo llevó hasta la superficie terrestre, colocándolo próximo a un asentamiento de humanos primitivos. 

Estos, que habían advertido hacía rato la presencia de la Cruz, habían quedado con razón atónitos. Señalaban con temor al cielo, mascullando palabros de una lengua en formación. Saltaba a la vista que, acostumbrados a las plácidas nubes del firmamento, no entendían de qué se trataba. Sus retrógradas conciencias ni siquiera debían tener capacidad para formular una teoría en torno a aquel cuerpo volante. 

Sin embargo, su observación se vio interrumpida cuando el sujeto I-T aterrizó entre ellos. Su primera reacción consistió en apartarse bruscamente, buscando refugio entre las rocas salientes, e incluso más de uno le arrojó alguna piedra. El nuevo individuo, sin embargo, se mantuvo estoico. 

I-T era tal como ellos: encorvado y de piel oscura, con una prominente mandíbula y melena enmarañada. Apenas llevaba nada encima, y sus andares eran más próximos a lo simiesco que a lo humano. Sin embargo, dado su material genético, estaba por encima de todos ellos. No era sino el producto de una avanzadísima ingeniería celular, una réplica del propio Astares Revánchez adaptada al hombre primitivo. 

Pero, a diferencia de este último, con un avance único. 

—Yo líder —pronunció I-T con un tono rasposo y complicado, más similar a un ronquido que a la articulación de palabras—. Vosotros siervos. Soy soberano de hombres, vosotros a mis órdenes. Contempladme, siervos, vuestro amo y señor. 

Atónitos, los hombres del remoto ayer, comedores de carne cruda y pintores rupestres, fueron acercándose poco a poco a aquel humano caído de las estrellas. Era tal como ellos, pero sin embargo estaba a años luz. No lo podían comprender, y, cuando la razón no valía de nada, la imaginación tomaba los mandos y se ocupaba de todo. 

Ni siquiera tenían capacidad para entender su lenguaje, tan enrevesado como una tesis de metafísica para ellos, pero, aun así, formaron un círculo a su alrededor para postrarse. Aquel ser, sujeto I-T de la Cruz, sangre de la sangre del mismísimo Cronoemperador, se convirtió en ese instante en su soberano divino. 

Complacido, Astares dejó entrever una discreta sonrisa. Era más de lo que solía expresar, pero tenía un buen motivo esta vez. Acababa de ser partícipe del nacimiento de la primera religión. 

Igualmente, su plan no se limitaba a algo tan superficial. Solo con aquel acto había llegado más lejos que ningún hombre de ciencia en siglos, pero no pensaba quedarse ahí. Su siguiente parada sería la antigua Roma, era de emperadores y campañas de conquista. Si uno buscaba poder e influencia, el mayor imperio de Occidente era un destino obligado. Por tanto, tras una orden de su voz, la Cruz saltó adelante en el tiempo sin rechistar. 

Estamos a punto de arribar —indicó la plácida voz de Morella, que el propio Astares había escogido en memoria de un ser querido—. ¿Activo los paneles de invisibilidad, mi Cronoemperador? No sería recomendable que quedara constancia de la Cruz en una época tan influyente. 

—Que se haga pues —dijo Astares, que ya trasteaba con el Clonacronos. No podía descartar que algún cuerpo de seguridad temporal lo estuviera persiguiendo, así que debía darse prisa—. Según estos análisis, la réplica XVIII-T estará lista en breves. Supongo que llegamos en el momento adecuado. 

En efecto, mi Cronoemperador. La última puñalada de Bruto acaba de arrebatarle la vida a Julio César en el Templo Divino. Mas he de advertirle: alterar el flujo histórico puede causar ciertas desviaciones temporales que, en el peor de los casos, eliminarían de la existencia la fundación de la Operación Cruz. 

Lo sé, dulce Morella, y aun así corro con ese riesgo. Lo asumo cada vez que provoco una fluctuación en el tiempo, pero aquí sigo. He llegado hasta este punto y no pienso retroceder, así que, por favor, no vuelvas a repetírmelo. ¡Soy el último Cronoemperador, sé lo que hago!

De haber tenido un cuerpo físico, Morella se habría postrado ante su orgánico soberano. 

Así sea, mi Cronoemperador —pronunció—. Sus deseos son órdenes. 

Una vez más, el Cronoemperador liberó a través del tubo de flujo a su réplica, no esta vez un bárbaro sino un hombre hecho y derecho, de mayor capacidad intelectual. Era un pensador pero también un orgulloso general y guerrero, maestro de hombres y bestias y campeón de mil batallas. Lucía un casco apenachado de rojo, también una holgada capa del mismo color y una pechera de radiante dorado que deslumbraba a todo aquel que pasaba por delante. 

Aunque, si eran sensatos, preferirían postrarse.

—Observa, mi leal Morella, el ascenso del emperador Arco Vario —pronunció Astares mientras lo veía avanzar, abriéndose paso a través del tumulto. Poco a poco, los ciudadanos a los que el escándalo había llamado la atención fueron apartándose—. El Segundo Triunvirato nunca llegará a acontecer, pues Octavio morirá esta misma noche. Los idus de marzo no solo habrán sido catastróficos para el codicioso César —desde el firmamento observó a su réplica desenvainar el filo, con el que degollaría al futuro emperador—. Como surgido de la niebla nocturna, Arco Vario dará un golpe de estado y tomará Roma en una noche. ¿Ves esa hermosa armadura, Morella? Pues no es tal cosa. 

Mientras se abría paso, Arco Vario fue interrumpido por un grupo de confusos guardias. Estos, incapaces de identificarlo, tomaron sus prisas como una amenaza y trataron de asesinarlo. Sin embargo, la coraza del sujeto XVIII-T emitió un pulso electromagnético que hizo explorar sus testas dentro de los cascos. Cayeron rendidos al suelo, como lo haría toda posible oposición. 

—Que el emperador Arco Vario, la encarnación del dios Ares, se alce esta noche —pronunció Astares, de vuelta a los mandos de la Cruz. Era hora de saltar de nuevo—. Ahora, Roma sí que será eterna. 

A pesar de que el Cronoemperador tenía asuntos pendientes en diferentes épocas temporales, decidió hacer un segundo salto hacia el futuro de Roma. No era la primera vez que viajaba a la gloriosa civilización, pero, desde luego, nunca la había visto así. Su esplendor no se equiparaba a nada conocido, ni siquiera especulado por los más arriesgados historiadores. El dominio del emperador Arco Vario, el más prolongado de la historia de Roma, había supuesto un completo cambio de tuerca en el progreso de la urbe. Los templos se alzaban más gloriosos que nunca, a una velocidad de infarto, y columnas que eclipsarían a la Trajana besaban las nubes. La ciudad se extendía más allá de donde alcanzaba la vista, y el imperio, inabarcable por su extensión, había rendido a sus pies mil culturas y civilizaciones. 

Ahora, muerto Arco Vario a la edad de ochenta y seis años, el récord absoluto para uno de su categoría, le tocaba el turno a Nerón. Astares había estudiado su figura durante sus años de aprendizaje en el Cronopanteón, habiendo llegado a admirarlo por su mano dura e implacable. Sin embargo, ahora que le tocaba suceder a un dios entre mortales, le auguraba lo peor. Su imagen no volvería a protagonizar ningún libro de historia, pues su legado sería pronto polvo. 


Con aquella radical alteración en la línea temporal, el Cronoemperador acababa de hacer historia. No podía retornar al presente debido al precio puesto a su cabeza, pero tenía claro que debía haber notables cambios en la cultura y la sociedad. Aun así, la biblioteca de la Cruz, que contaba con todo el conocimiento registrado por la humanidad hasta el año 2986, arrojó algo de luz acerca de los nuevos hechos históricos. Encontrar varios volúmenes dedicados a la figura de Arco Vario complació a Astares, que los hojeó todos con gran interés. Los escritos hablaban de su carácter divino, uno que la óptica moderna trataba como una mera exaltación de su figura. Desde luego, ninguna fuente trataba el poder electromagnético de su coraza, la auténtica clave de su ascenso. 

Pero, a pesar de tal avance, el Cronoemperador aún tenía un largo camino por delante antes de acabar de completar sus objetivos. Aunque uno de los más significativos, Roma solo era un paso de tantos dentro del largo camino por recorrer. Debía visitar más civilizaciones y culturas para que sus réplicas de clase T acapararan cada portada de libro de historia, aunque eso sería solamente una curiosidad en comparación a lo que ocurriría al unísono. Aquellos que se hacían llamar justicieros, ignorantes de su propio tiempo, lo perseguían para impedírselo, pero desconocían la importancia de sus acciones. Algún día, si es que el inestable flujo cuántico no les arrebataba de cuajo la vida, se arrastrarían hacia él para agradecérselo. 

Y el Cronoemperador, ajeno a sus vacuas súplicas, se daría simplemente la vuelta.


711. El general bereber Zūrad el-Aljawī penetra en la península ibérica y arrasa Hispania. 

1228. Fernando III de Austria toma Tierra Santa en una aplastante victoria.

1351. Un desconocido apodado por el pueblo como el Curandero Esotérico acaba por arte de magia con la epidemia de la Peste Negra.

1453. El sultán Ahmut VII toma Constantinopla, logrando así la caída del Imperio Romano de Oriente. 

1492. En busca de una ruta comercial hacia las Indias, el explorador castellano Esteban de las Horas arriba en la costa del Caribe. 

1789. Albert du Croutemps lidera a los revolucionarios parisinos para tomar la Bastilla. 

1901. En las postrimerías de la Inglaterra Victoriana, el teorías y científico Alexander Cronenborough revoluciona el pensamiento moderno con sus inauditas reflexiones.

Gracias al Velo de Noctiluca, un avance sin precedentes para la ciencia moderna, Astares pudo abrirse paso a través del gentío en la antigua Inglaterra. Era como una sombra entre la multitud, no solo invisible sino también intangible. De pronunciar palabra, cualquiera pensaría que se trataba de un fantasma. Era, si se pensaba en profundidad, un arma de gran peligro, a la altura de un avión de combate si caía en malas manos, pero la destrucción o la persuasión no entraban en los planes de Astares.

El Cronoemperador acudió a un centro de conferencias en el centro de la urbe, donde habían sido convocados múltiples intelectuales y catedráticos. Nadie lo había invitado a él, pero aun así tuvo la oportunidad de ocupar el único asiento vacío que quedó. Había, al parecer, una gran expectación en torno a lo que estaba por ocurrir, por lo que ni un solo hombre de artes, letras o ciencias había decidido perderse el evento. Incluso la nobleza, prestigiosamente situada en la parte frontal, había acudido. Astares podía ver sobresalir los sombreros de copa de los caballeros, también los extravagantes tocados de las damas. 

Qué ilusos, pensó. Lo tenían todo de su lado, ¡todo!, a excepción del tiempo. ¿De qué servía tanto poder si las agujas del reloj estaban en su contra?

Entonces, de forma súbita, uno de los organizadores del evento mandó callar a los asistentes con plena educación. Estos, expectantes, ocuparon sus lugares y procedieron a presenciar la inminente conferencia. Astares, aunque ya conocía el devenir de los acontecimientos, decidió no ser menos. 

Así pues, un hombre elegantemente vestido y con un cuidado bigote hizo acto de presencia. Se colocó delante de la mesa que había sobre el estrado, donde, minutos antes, sus asistentes habían colocado una serie de libros y otras piezas artísticas. El silencio se había hecho pleno en la sala, pero, aun así, el sujeto dio una palmada al aire. Si alguien permanecía aún rezagado, aquello acabó de captar su atención. 

De todas formas, aquel galante caballero no necesitaba presentación. Todo hombre de bien que se prestara había oído hablar o leído algo de Alexander Cronenborough, el pensador más polémico y al mismo tiempo adorado de su era. 

Antes de que comenzara a hablar, Astares lo miró a los ojos. Eran de un profundo azul cobalto, pequeños y ojerosos, rodeados de un aura de misterio. El Velo de Noctiluca escondía los suyos, también un casco de verde visor protector, pero eran idénticos. 

Desde luego, el sujeto CLXXIII-T había resultado ser el más fiel a su hacedor de todos los habidos. 

—Damas, caballeros —Cronenborough se inclinó con decoro ante su público. Sonreía comedidamente, de una forma que cautivó a las más próximas señoritas—. No hay quien desconozca mi nombre y mi obra a estas alturas, así que supongo que podemos prescindir de una presentación. Me corre algo de prisa, mas no por ello pienso defraudar a nadie. Les prometo que lo que hoy atestiguarán pasará, de una u otra manera, a la historia. Por ello les ruego que se mantengan atentos, pues, en caso de perder el hilo, es probable que no sean capaces de comprender la magnitud de esta explicación. Y sé a quiénes me refiero, pues reconozco los nobles rostros de muchos de los que están hoy aquí, pero lo que está por ser descubierto... sobrepasa todo lo que hayan conocido, pueden tenerlo claro. 

Mientras el estupor despertaba entre un curioso público, Astares hincó el codo en el reposabrazos y apoyó el puño contra la dura superficie del casco. Su réplica victoriana sabía cómo cautivar a sus seguidores. 

Así pues, Alexander Cronenborough tomó uno de los libros que había traído consigo. Algunos de los presentes lo señalaron con una sonrisa en los labios, pues lo habían leído con gusto. La ucronía, de Tomás Crono, un libro que Astares conocía pero no había tenido tiempo de leer. Para los asistentes llevaba escrito cuatrocientos años; para él existía desde hacía unas simples horas.

—Quien haya leído esta excelsa obra comprenderá más fácilmente mi postura —dijo Alexander—. La ucronía, una obra adelantada a su tiempo, nos habla de un mundo ideal, que no existe ni tampoco existe, pues se halla fuera de todo plano conocido por nosotros. Tomás Crono era un hombre de fe, hasta el punto de que llegó a ser canonizado, mas pocos son conscientes de que sus teorías llegaron a provocar el resentimiento de sus congéneres religiosos. Con razón, pues su tratamiento de la teoría indicaba cómo el dios que conocemos y adoramos no es realmente tal cosa, sino un individuo ascendente cuya trayectoria nos es ajena. Quienes desconozcan estos escritos probablemente se sientan escandalizados, y es lógico, pero he llegado a una conclusión certera tras mi última relectura de la obra —Alexander tomó otro de los libros, esta vez uno de historia. Un grabado de la era de los conquistadores presidía la portada, con el castellano Esteban de las Horas destacando sobre el resto—. Quizá ustedes no puedan apreciarlo, pero, si ponemos al conquistador de las Horas junto al retrato de Crono, podemos apreciar significativas similitudes. Misma mandíbula pronunciada, mismo mentón partido, mismo cabello ralo y negro, mismos ojos azul cobalto... 

Entonces, uno de los nobles de las fila delantera se levantó, escandalizado.

—¿Insinúa, señor Cronenborough, que tanto el conquistador como el pensador son la misma persona? —preguntó con tono despectivo el caballero de radiante bigote—. Permítame aducir que me parece una falta absoluta de razón. Un atentado contra los valores de la Ilustración en toda regla. 

—Y permítame a mí decirle, señor Pennyworth, que está usted debatiendo hechos irrefutables con anticuados argumentos de hace dos siglos —dijo Cronenborough—. La postura de Crono, en cambio, es atemporal. Y sí, sé que muchos no entenderán la relación existente entre un hombre de guerra y otro de fe, más allá de unas llamativas similitudes físicas, pero todo está en La ucronía. Tomás Crono nos lo advirtió cientos de años atrás, pero no ha habido un solo hombre hasta este momento que haya sabido leer entre letras. Lo cito textualmente: "Si Dios vigila a todos los hombres, es lógico pensar que no proporciona una atención personalizada a nuestra civilización. Deben existir multitud de vigilados que la razón nos impide apreciar, como líneas superpuestas que no son sino un quizá tras otro más que mundos alternos. Todos ellos, si nos atenemos a los mensajes subliminales que el emperador Arco Vario dejó antes de morir, remiten a la acción de un ser poderoso, un hombre que es uno y son muchos al unísono. Abandonad la razón, hombres sabios, pues es una ponzoñosa barrera. La burlona sapiencia os esconde de los hechos" —el pensador dejó unos instantes para que el público reflexionara, aunque solo sirvió para despertar cuchicheos—. Si son capaces de entender el auténtico significado de estas palabras, Crono deja claro que existe un hombre que ha dejado su rastro a través del tiempo, que no es sino esa superposición de líneas. Un hombre que ha estado presente en los grandes hitos de la humanidad, y que, curiosamente, presenta esta apariencia particular. Mi misma apariencia. 

Entonces, uno de los asistentes se levantó bruscamente de su asiento. Llevaba una cruz al cuello, aunque esto no era algo inusual entre los presentes. 

—¡Eso que acababa de decir es una injuria contra Dios y toda la religión protestante de Inglaterra! —lo señaló con dedo acusador, cosa que no perturbó demasiado al estoico Cronenborough—. ¡Debería estar entre rejas, no dando un discurso tan abiertamente ofensivo!

—Le ruego que me escuche, y ya entonces podrá juzgarme —dijo el sosegado pensador—. No creo que lo que postulo sea una simple teoría, sino un hecho en sí mismo. ¿Por qué si no un hombre como yo habría sido capaz de desentrañar este misterio? Pues porque pertenezco a esta misteriosa estirpe, lógicamente. Hay una conspiración allende toda religión conocida, una fuerza que nos rige sin que lo sepamos —se puso recto como una vara—. Y, si mis cálculos no erran, estamos siendo vigilados incluso en este mismo instante. 

De no haberlo sabido con antelación, Astares habría sufrido un escalofrío. Sin embargo, era consciente de que todo iba por buen camino. 

—El capataz de esta misteriosa operación está entre nosotros, vigilándonos a todos —exclamó Alexander Cronenborough, su voz cada vez más elevada—. Debe ser un hombre de mi mismo porte, similar al emperador Arco Vario, a Tomás Crono y a Instánteles. Tal vez ni siquiera se deje ver, pero lo está escuchando todo. ¡Te exijo, mi yo superior, que te desveles! ¡Revela al mundo quién nos ha llevado hasta este momento!

Pero, a diferencia de lo previsto por el pensador, nada ocurrió. Su pulso fue acelerándose a consecuencia del fracaso, consciente además de cómo su público podría llegar a reaccionar. Desde luego, aquello iba en contra de todas sus suposiciones. 

—¡Injuria! —exclamó el hombre de la cruz al incorporarse de nuevo. 

—¡Hereje! ¡Es un hereje! —dijo un segundo caballero escandalizado—. ¡Las autoridades darán buena cuenta de él!

—¡A por él! ¡Que no escape!

—¡Más vale que Dios se apiade de usted, señorito!

—¡Injuria! ¡Injuria! ¡Injuria!

Sin mover un dedo, el Cronoemperador contempló desde su cómodo asiento cómo apaleaban y arrastraban por el suelo al hombre llamado Alexander Cronenborough. A pesar de ello, ni siquiera se inmutó. Todo estaba saliendo como había previsto. 


Astares usó el teletransportador orgánico para presentarse en los calabozos del cuartel policial, lejos de todo rayo solar. Tras los barrotes de la sexta y solitaria celda, escondida en la más densa penumbra, encontró al hombre que instantes antes había rozado la grandeza. Se había desplomado tan rápidamente como la torre de Babel, cuya arcaica inmensidad Astares había tenido la oportunidad de contemplar. 

Dirigiéndose a aquel magullado caballero, convertido ahora en un despojo maloliente, dijo:

—Mírame, Cronenborough. 

El pensador alzó la lúgubre mirada para encontrarse con algo inaudito. Ningún hombre de su época vestía como el Cronoemperador, con su casco impenetrable, su larga túnica azul, su capa cenicienta sobre los hombros y hombreras picudas. Era la viva imagen de un ser fuera del tiempo. 

—Al fin has aparecido. Lo sabía —dijo su réplica victoriana. A pesar de todo, no parecía impresionado—. ¿Por qué no lo hiciste en aquel momento? Has visto lo que me han hecho, seguro que sabías que...

—Basta, CLXXIII-T —lo interrumpió Astares, que sujetaba algo que colgaba de su cinturón—. No entiendes la magnitud de los acontecimientos, aunque tu sabiduría es digna de admiración. Has obrado bien, pero tu odisea no ha hecho más que comenzar. 

A pesar de que se encontraba tumbado en el suelo de la celda como un vagabundo, Alexander se puso velozmente de pie y caminó cojeando hasta los barrotes. Se aferró a ellos como con desesperación, desvelando un rostro amoratado por la violencia de un público defraudado. 

—Tienes planes para mí, ¿verdad? —le preguntó. Su voz, débil y tenue, cobijaba una frágil esperanza—. Mis teorías no estaban tan erradas después de todo. 

—Has sido el primero de tu estirpe que se ha percatado. Eso te convierte en el elegido —dijo Astares. Al fin tomó aquello que había estado repasando con los dedos, procediendo a levantarlo poco a poco—. No te pudrirás en esta celda, Cronenborough, pero tampoco vivirás para ver la caída del Imperio Británico. 

—Espera, ¿cómo sabes eso? —preguntó un escandalizado Alexander—. No es posible que...

—Sabes quién soy. Empero, todo es posible —Astares le colocó una extraña pistola a la altura de los ojos. Era de un pálido azul petróleo, con salientes lóbulos de tonos más claros—. Escúchame con atención, pues el destino vuelve a sonreírte. Has perdido todo tu prestigio aquí, aunque esa debe ser la menor de tus preocupaciones. Quién sabe si las autoridades pueden acabar llevándote a la ejecución, ergo no es seguro que permanezcas en Inglaterra. Se te brindará un nueva identidad, así como un nuevo lugar lejos de aquí. Olvidarás esta conversación, pero no lo que ya has descubierto a través de tus estudios e investigaciones. No volverás a saber de mí, aunque yo te vigilaré desde lo alto. 

Los labios de Alexander Cronenborough temblaron como si quisieran pronunciar palabra, mas no osaron. La situación lo sobrepasaba. 

—A partir de ahora —prosiguió Astares— serás Astrón Revánchez. Vivirás el resto de tu vida en la ciudad castellana de Salamanca, instruyendo filosofía y literatura en la Universidad. Allí conocerás a Isabel de la Morera, una joven y emergente artista de la que te enamorarás perdidamente. Tendréis cinco hijos, todos ellos portadores del valioso apellido Revánchez. Así continuará siendo durante los siglos y las eras, hasta que, en el año 2953, en las postrimerías de la Guerra del Sueño de Ascua, nazca el último de tu estirpe. Astares Revánchez, el Cronoemperador, amo y señor del tiempo —se lo quedó mirando fríamente, con sus pupilas azul cobalto ocultas bajo el fulgor del visor—. No trates de entenderlo. Lo olvidarás igualmente cuando los rayos cósmicos te recompongan. 

Aun así, el desolado Alexander Cronenborough, paralizado como quien encaraba a la misma muerte, se atrevió a preguntar:

—¿Por qué yo?

—Porque yo te escogí de entre toda réplica forjada a partir de mi ADN. Eres el más apto de todos los modelos T que el Clonacronos ha producido, eres la esperanza entre un millón de oportunidades perdidas. Nunca llegarás a entenderlo, pero será por tu propio bien. No quieras que esta amargura te acompañe hasta la tumba. 

Sin más dilación, Astares Revánchez procedió a colocar la punta del cañón de su pistola cuántica sobre su rostro. Alexander, que había comenzado a llorar en respuesta a la dolorosa incomprensión, se limitó a cerrar los ojos. Había optado por aferrarse a su destino con gran valor, cosa que el Cronoemperador admiraba. Había escogido al sujeto indicado. 

—Una última cosa —dijo Alexander entre lágrimas, y Astares le concedió con un asentimiento la palabra—. ¿Hay un paraíso después de esto?

Y el hombre que empuñaba la pistola cuántica, a punto de apretar el gatillo, respondió:

—Solo hay tiempo, mi elegido, y de sus fluctuaciones brota lo posible e imposible. Lo habrá si lo sueñas, aunque more en un único instante. 

Un latido más tarde, la energía despedida del cañón cuántico hizo desaparecer por completo el cuerpo de Alexander Cronenborough. Con ello pereció su antiguo ser, junto con todo recuerdo indebido y luz arrojada. La vida florecería en otro lugar, con nuevos sueños por cultivar. 

Acababa de escuchar pasos en las proximidades, probablemente pertenecientes a los guardias del calabozo. Por tanto, para no ser descubierto, Astares recurrió de nuevo al teletransportador orgánico que llevaba incorporado al cinturón para volver a la inmensidad de la Cruz. Allí lo estaba esperando la arrulladora voz de Morella, su única caricia en el frío del tiempo perdido. 

Había completado su plan: la eternidad alcanzada, un ciclo de vida que no se detendría jamás, la trascendencia a través de la presencia en cada instante relevante de la historia de la humanidad. Aquel había sido el auténtico cometido de la Operación Cruz, aunque sus fundadores no habían sido capaces de predecirlo. 

Qué ilusos, pensó Astares. Habían soñado con lo mismo que él, pero el olvido los había sepultado. 

¿Adónde desea saltar ahora, mi Cronoemperador? —preguntó Morella cuando advirtió su presencia en la Cruz.

Y así, Astares Revánchez, el Cronoemperador, amo del tiempo y de cada momento, decidió ser claro con la que sería su última respuesta:

—A la nada, mi dulce Morella. Es hora de fundirnos con el vacío.

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