El Retorno del Jedi... una vez más / SPOILERS de El Mandaloriano 2x8
Mentiría si dijera que no lloré con el último episodio de El Mandaloriano. De hecho, todos lo haríamos.
Y, en caso de que para alguien no sea así (quizá un lector), que sepa que no tiene corazón.
Fue un final desolador. No porque fuese nefasto para nuestros personajes, sino por el tremendo peso sentimental que todo lo ocurrido acarreó. Hemos adorado a esa criaturita de orejas puntiagudas a la que solíamos llamar Baby Yoda con toda nuestra alma, y hemos visto cómo Din Djarin se convertía en algo más que un conductor para él. Padre e hijo, mandaloriano y raza desconocida, dos almas inseparables... que se separaron.
Que Din rompa las leyes del Credo por Grogu significa tanto...
Pero bueno, no estoy aquí para rememorar esa escena que hizo estallar en mil pedazos mi corazón. Por mucho que hayamos conseguido a amar a estos personajes en dos años, siempre habrá uno que estará por encima de todos, observándolos con una postura serena y triunfante, los épicos acordes de John Williams brotando de su espalda.
Y, cómo no, los soles gemelos de Tatooine no andarán lejos.
Fue un momento emocionante. Admirable. Inaudito. Escalofriante. Todo adjetivo se queda corto a la hora de definirlo. Y es que, desde que vi la aparición de aquel Ala-X solitario, mi alma de fan acérrimo a teorizar. “¿Será Rojo-5? No, imposible. Sería increíble, pero no lo creo”. Desde luego, qué ingenuo fui.
“¿Un Ala-X? Estamos salvados.”
“Un Jedi”, pronuncia Bo-Katan. La expresión de Guideon entonces es un poema.
Desde el momento en que ves a un encapuchado recorrer los pasillos del destructor estelar sospechas algo. Es un Jedi, no cabe duda, ha acudido a la llamada de Grogu contra todo pronóstico. Los que están tras la dirección del episodio son inteligentes y hacen que nuestro Salvador desconocido encienda el sable a través de la transmisión, para que el espectador lo vea incoloro y dude. Eso me hizo pensar que podría tratarse nuevamente de Ahsoka, pero la ausencia de los montrales decía lo contrario. Estaba claro que se trataba de alguien más, y que, desde luego, iba a sorprendernos como la togruta no sería capaz a esas alturas.
Creo que fui el único idiota que, cuando vio iluminarse el sable verde, pensó que podría tratarse de Quinlan Voss, el pícaro Jedi superviviente de la Orden 66, tal vez del mismísimo Ezra Bridger, a juzgar por el color del sable de luz. Sin embargo, esto era lo único que estos dos personajes tenían en común con lo que veíamos en pantalla. Un ejército de un solo hombre, todo un escuadrón de Soldados Oscuros cayendo rendido bajo el filo de su sable de luz. Ya habíamos visto lo que uno solo de aquellos guerreros robóticos podía hacer (un uso excelente de la técnica del anticipo), y eso hizo que el momento fuera todavía más emocionante. El sublime uso de la banda sonora por parte de Ludwig Göransson fue el culmen.
“A Friend”, es el nombre que recibe el tema utilizado. Lo dice todo.
En cuanto vemos la táctica de combate y nos damos cuenta de la presencia de la mano enguantada lo comprendemos, pero ninguno se atreve a decirlo. No aún, pues sabemos lo que está por venir. Nadie cantaría victoria hasta que la capucha no quedara atrás. Es la regla del Jedi, lo hemos visto en multitud de ocasiones a lo largo de la saga. Esta no iba a ser menos.
Una vez acabada aquella soberbia secuencia de combate que tanto recuerda a la aparición de Darth Vader en Rogue One llega el momento que todos estábamos esperando. El último Soldado Oscuro cae sin dificultad, las compuertas se abren y una bruma enigmática se dispersa en torno a su figura. Nuestros héroes aguardan su llegada con el corazón en un puño, justo como nosotros.
Y, de pronto, ninguno de ellos es nada. Tres simples mandalorianos, una soldado, una pistolera y un ser del que apenas sabemos nada. Cuando el Jedi da un paso al frente, apaga el sable y se descubre, todos se empequeñecen.
Y nosotros nos engrandecemos, vitoreando a nuestro héroe de la infancia, no importa a qué generación pertenezcamos. Luke Skywalker, el Jedi por excelencia, un granjero convertido en leyenda de la Resistencia, el último gran héroe. Nuestro Luke. Comienzan las lágrimas. Solo importa eso, el momento, los sentimientos. No nos ha abandonado.
No importa si el CGI canta o no: lo importante es lo que significa.
Qué momento. No creo haberme emocionado nunca tanto con una serie. El Mandaloriano hizo una apuesta arriesgada, un fanservice que no solo contentó a los fanáticos sino también a la crítica. De hecho, todos podemos afirmar que representa la forma perfecta de introducir algo así. En serio, ¿quién podría ver (ser testigo) de esto y decir “pues no es para tanto”? La escena no permite replantearse nada, solo el disfrute de vivir un acontecimiento histórico dentro de la saga audiovisual más grande de todos los tiempos.
La voz del legendario Mark Hamill nos deja sendas frases para el recuerdo: “Talento sin entrenamiento no es nada”, o “Daré mi vida por protegerlo si es necesario”. Este es el Luke Maestro Jedi con el que todos soñamos, el visto en Leyendas y no vuelto a ver hasta este episodio. El Luke que, como en aquellas historias escritas, buscaba jóvenes sensibles a la Fuerza para enseñarles los caminos de los Jedi. Pues es lo que hará con nuestro amado Grogu, y lo que nos devuelve adonde empezamos.
Por si no fuera poco, R2-D2 hace su aparición e incluso tiene un intrigante diálogo con Grogu. ¿Se conocieron? Quién sabe. No es la única incógnita que deja la recta final del episodio, pero qué más da. Eso es lo de menos, ya habrá tiempo para darle vueltas. Lo que estás viviendo no tiene precio.
Y así, Luke, R2 y Grogu abandonan a un Mando sin Credo y a los demás. La compuerta se cierra de súbito mientras los acordes ascienden y todo oscurece. Así es como la historia llega a su final, de la forma más grande que se pudiera imaginar.
Y entonces tú, como yo o cualquier otro apasionado de la saga, te dejas caer sobre tu asiento y suspiras de la incredulidad, una sonrisa boba en tus labios. No olvidarás lo que has visto, al menos en un tiempo. Pues es entonces cuando comprendes que una nueva era de Star Wars está a punto de comenzar, y que esto no ha sido más que un prolegómeno.
Tenemos suerte de haber nacido para ver esto.





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